Ecos de la Calle 52

El 17 de julio se cumplen cincuenta años de la muerte de Billie Holiday. Compuesto por seis viñetas acústicas, el siguiente ensayo explora ciertos detalles de la tormentosa vida de la mítica cantante de jazz.

Su figura se arropaba en la grave, transparente resonancia de la voz. Solía recorrer el escenario con elegancia, decían que su actitud era arrogante. Dulce y enérgica. Frágil e imbatible. Cuando la escuchaban entonar “The man I love” o “I cried for you”, el mundo giraba en sentido contrario. Parecía como si el reloj se detuviera. Su garganta producía un subyugante sortilegio. Como la agonía, como el orgasmo.

Pocos, casi nadie sabía que Eleonora Holiday Fagan era una sobreviviente de la infamia, fatalidad de la que nunca iba a liberarse. Que al concebirla, su padre tenía quince años y su madre trece. Que nació el 7 de abril de 1915 en Baltimore. Que creció en un hogar pobre y violento.

Que su bisabuela falleció cogiéndola del cuello, por lo que los vecinos tuvieron que romper el brazo de la anciana muerta para que la soltara, una terrorífica experiencia que volvería a repetirse cuando, años después, las monjas de una institución católica la obligaron a pasar la noche encerrada con el cadáver de otra reclusa. Que Billie, su nombre de batalla, lo tomó prestado de la estrella Billie Dove, a la que admiraba en los cines donde entraba clandestinamente, nunca tenía los diez centavos para el ticket.

Pocos, casi nadie sabía que cambió Baltimore por Nueva York, porque su prima Ida la golpeaba brutalmente. A diario. Por cualquier cosa. Que a los catorce años vivió en un prostíbulo entre Lenox y la Séptima Avenida y que de ahí, fue remitida a la prisión de Welfare Island, su segunda experiencia carcelaria. Que en sus giras por el sur de Estados Unidos siempre había altercados: la humillaban, la perseguían por ser “negrita” y “criada”. Que amó a los hombres equivocados. Que la jodieron todos: sus managers, la policía, el gobierno. De cualquier modo, lo más seguro era que a quienes la escucharon les hubiera importado un bledo su sufrimiento. Al fin y al cabo, con sus antecedentes penitenciarios, con su temple y sus malignas adicciones, Billie Holiday aparentaba ser de hierro.

Esta es la historia acústica de Lady Day…

Track 1: Preludio a cuatro voces

Roland Barthes dijo que “el mito es un encadenamiento de connivencias colectivas”. El mito de Billie Holiday proviene de una complicidad urdida por las notas amarillas de la prensa, por las leyendas de los submundos del jazz y, paradójicamente, por sus memorias: Lady Sings the Blues, escritas en colaboración con William Dufty, un abusivo negro literario (epíteto que designa a los redactores tras bambalinas, los que ponen la sintaxis a la inspiración o a los recuerdos pero que nunca tienen derecho al crédito en un libro) que aprovechó el gran negocio de maquilar la biografía, acentuando los líos de drogas y de cárcel que podrían “redituarle a Billie jugosos dividendos”, sobre todo en aquel 1955 en que ella estaba en la peor de todas sus bancarrotas.

Dufty era un tipo astuto. Se frotó las manos con la gran tajada de las regalías, aunque por ello tuviera que soportar los reproches de los amigos más fieles de Lady Day. De cualquier modo, lo cierto es que Lady sings the blues revela el coraje y las infinitas amarguras de Billie Holiday, ya que Dufty tuvo el buen gusto de conservar sus más intensas reflexiones.

Julia Blackburn publicó With Billie (Con Billie Holiday. Una biografía coral) en 2005. Tomó como fuente los testimonios de más de 150 figuras cercanas a la diva, a partir de las entrevistas que una mujer llamada Linda Kuehl llevó a cabo con el propósito de escribir un libro. Blackburn aprovechó ese material por una sola razón: Linda Kuehl pasó años tratando de dar forma al rompecabezas, hasta que la editorial neoyorquina Harper & Row se cansó de esperar. En enero de 1979, Kuehl viajó a Washington para acudir a un concierto de Count Basie (la primera banda con la que Billie Holiday participó formalmente), pero antes de que la tocada comenzara, volvió a su hotel. Escribió una despedida y saltó por la ventana.

Track 2. Lester young

Lester Young bautizó a Billie Holliday como Lady Day. Convencida de que el hombre más grandioso de aquella época era Franklyn D. Roosevelt, ella le puso el “Presidente”, que derivaría en “Prez”. Se conocieron en una jam session (sesiones de improvisación después de las horas de trabajo, a las que acudían maestros como Duke Ellington, Louis Armstrong, Benny Goodman, Count Basie, Artie Shaw o Bennie Webster) y desde entonces, su relación fue como la de dos hermanos. Lester vivía en un hotel de quinta clase y una ocasión, abrió la cómoda y se topó con un intruso: una rata enorme dormía sobre sus camisas.

“Era un hombre miedoso. Lo asustaba la oscuridad y necesitaba dormir con la luz encendida. Lo aterraba el silencio y, cuando estaba solo, dejaba la radio encendida para que le hiciera compañía, o ponía un disco que sonaba una y otra vez, tanto cuando estaba despierto como cuando dormía”, afirma Julia Blackburn, y sería por eso que, tras el incidente de la rata, Young vivió en casa de Billie Holiday y su madre Sadie, desde donde salían a los bares como el Log Cabin, para alternar con los intérpretes del momento. Sus vínculos eran más que fraternales. Lady Day dijo esto en sus memorias: “En toda la tierra no hay dos personas idénticas, y lo mismo tiene que suceder en música, de lo contrario no será música”. Y Lester Young: “Un músico es un filósofo y un científico, y utiliza la ciencia de la música para proyectar su filosofía”.

En el ocaso de sus carreras, tanto Billie como Lester tuvieron giras espantosas por Europa. Young murió en el hotel Alvin el 15 de marzo de 1959, cuatro meses antes que Lady Day. Su agónica morada se hallaba en la esquina de Broadway y la calle 52.

Track 3. La moderna plantación

En sus inicios, Billie recorrió el sur con la banda de Artie Shaw. Se trataba de un grupo de blancos afables, solidarios, con los que libró múltiples batallas contra el racismo. Los gerentes, las camareras, la clientela, todos eran enemigos. El primer cambio sucedió en el Café Society Downtown, de Barney Josephson, que se situaba en Greenwhich Village. Aquel sitio, junto con los locales de la calle 52 (llamada alegremente “Swing Street”, porque todos los bares vibraban), era el remanso donde Lady Day se sentía más a gusto. Sin embargo, en ella seguía latiendo el oprobio y la discriminación, el eco y la furia: “Puedes ir vestida de raso, con gardenias en los cabellos, no ver una caña de azúcar en kilómetros a la redonda, y aún así seguir trabajando en una plantación (…) Había músicos blancos «swinging» de un extremo a otro de la 52, pero ni una sola cara negra en esa calle, excepto Teddy Wilson y yo. (…) No había un copo de algodón entre el local de Leon y Eddie y el East River, pero la miraras como la miraras, era una plantación. Y nosotros no sólo teníamos que mirarla: vivíamos dentro. No se nos permitía mezclarnos de ninguna manera. En cuanto concluía nuestra actuación del entreacto, debíamos escabullirnos por el callejón o quedarnos sentados en la calle”.

Track 4. Strange fruit

“En los años 30 vi una fotografía de un linchamiento… Era escalofriante y no me pude quitar aquella imagen de la cabeza durante varios días. Y escribí «Strange Fruit» como si fuera un poema… Le puse música y mi esposa Anne la cantaba en reuniones informales”. Abe Meeropol, mejor conocido como Lewis Allan, le contó esta anécdota a Linda Kuehl. Una noche, Allan visitó el Café Society y le pidió a Billie Holiday que la entonara. La acompañaron Sonny White y Danny Mendelsohn. A partir de entonces, “Strange Fruit” se convirtió en uno de sus emblemas. Nimbo y anatema. La canción era subversiva. Sus imágenes evocaban a la peor de las miserias americanas, y lo más probable sea que aquel éxito fue el auténtico motivo de la despiadada persecución por uso y posesión de drogas. El corrupto coronel George White jamás dejó a Billie tranquila. Julia Blackburn anota: “Para el trompetista de jazz Red Rodney, la heroína fue «lo que nos distinguía del resto del mundo… Lo que nos permitía ingresar en un club exclusivo». En la larga lista de músicos que recurrieron a la heroína durante ese periodo figuran nombres como Charlie Parker, Miles Davis, Fats Navarro, Chet Baker, Gerry Mulligan, Stan Getz y Bill Evans”. Sobra decir que a ninguno de ellos lo acosaron tanto como a Lady Day.

Track 5. When a woman loves a man

Jimmy Monroe, su primer marido, la abandonó por otra chica. Luego se enamoró de Joe Guy, él la enganchó en la heroína. Se chifló por un soldado desertor y la timaron. El siniestro John Levy, del Ebony Club, la explotó hasta la náusea. Fue su esclava, su mascota, sólo le faltó prostituirla. Le tendió la última trampa, enrollándola en un asunto de opio del que no se iba a librar hasta la muerte. Levy estaba coludido con la policía. Se quedó con todo su dinero.

Su último hombre fue Louis McKay. Más que amante o pareja, era su “papaíto”. Quizás, inconscientemente, Lady Day buscaba en McKay a Clarence Holiday, injertada en el reflejo de su madre Sadie Fagan. Tal vez sólo se trataba de un complejo de Yocasta.

Track 6. Ecos de la era del jazz

Enfermo y arruinado, Francis Scott Fitzgerald escribió en noviembre de 1931: “el término jazz en su progresión hacia la respetabilidad, primero había significado sexo, luego baile, luego música. Se asoció con un estado de excitación nerviosa, no diferente al de las grandes ciudades de detrás de la línea de fuego de una guerra”.

La trinchera de Billie Holiday, Lester Young, Miles Davis, Carl Drinkard, Charlie Parker, Melba Liston, Bobby Tucker, Greer Johnson y Jimmy Rowles, fue la Calle 52. Desde ahí, Lady Day llevó al éxtasis al público con “Don’t explain”, “I cried for you”, “Night and day”, “What you gonna do when there ain’t swing?” y decenas de canciones que la endiosaron.

Desde la calle 52, con un vaso de whisky o de ginebra, Billie recordaba el diabólico reformatorio de Welfare Island. La cárcel de mujeres de Alderson, Virginia. El acoso judicial. Su amistad con Sarah Vaughan, Tallulah Bankhead, Orson Welles. La pobreza que el éxito nunca conjuraba.

En la calle 52, el eco de su voz cuelga en el aire como un fruto extraño: De los árboles sureños pende una extraña fruta/ Hay sangre en sus ramas y sangre en sus raíces/ Cuerpos negros que balancea la brisa del Sur/ Extraña es la fruta que cuelga de los álamos.

Murió el 17 de julio de 1959 en el Metropolitan Hospital de Nueva York. Su cuerpo, quizá llegó a pensar durante la agonía, fue fruta que será pasto de los cuervos,/ presa de la lluvia, juguete del viento,/ Fruta que el sol pudrirá, del árbol caerá,/ ¡Cuan extraña y amarga es esta cosecha!...

Iván Ríos Gascó

Milenio